Los padres del sanchismo no lo reconocen
The Objective, 13 de septiembre de 2026
Los históricos del PSOE han constituido esta semana una asociación para regenerar España desde el «humanismo socialdemócrata». El jueves, en la comida convocada para abordar el fin del sanchismo, Felipe González habló tres minutos, más del pasado que del presente, y dejó un solo veredicto sobre el Gobierno: «No le he visto nunca asumir responsabilidades». Todos reniegan de Sánchez como de un intruso, aunque las instituciones que administra, los socios con los que pacta y la escuela que forma a sus votantes los diseñaron ellos. Juzgado por lo que hace, el sanchismo es la tercera generación del socialismo español. De la fecha del contagio depende la cura: quien lo remonta solo a Sánchez cree que basta con sustituirlo.
Nicolás Redondo Terreros, promotor de la asociación, sitúa la ruptura en el progresismo posmoderno, al que Zapatero «ya hizo su aportación intelectual» con la nación como «concepto discutido y discutible»; González anunció en febrero que votará en blanco si Sánchez repite, y con ello la fecha en el propio Sánchez; el decálogo de los históricos la achaca al populismo y a la polarización de estos años. Todas las fechas de defunción son posteriores a los años de influencia de quienes las firman.
Las leyes con las que hoy gobierna Sánchez se aprobaron en los años que esas fechas exoneran. En 1985 la mayoría socialista se adjudicó la elección del gobierno de los jueces y entregó las cajas de ahorros a los partidos, tras haber puesto la televisión pública al servicio del Gobierno y haber creado, en 1984, el subsidio agrario que fidelizó al campo andaluz. Lo hizo con mala conciencia, al menos con los jueces, a juzgar por el «Montesquieu ha muerto» que se atribuye a Alfonso Guerra: aquella generación aún sabía qué norma violaba.
Lo que vino después lo describió bien Lindbeck a propósito de los subsidios: la primera generación los cobra con vergüenza, la segunda por derecho y la tercera organiza su vida en torno a ellos. El partido también ha dado esos tres pasos: la primera generación socialista colonizó las instituciones pidiendo disculpas; la de Zapatero siguió por rutina; y la de Sánchez ha cifrado en ellas su supervivencia, desde la Fiscalía hasta el Constitucional.
Con los nacionalistas, la misma escalada, y la alianza es más vieja que las leyes de 1985: en 1930 el Pacto de San Sebastián, al que se sumó el PSOE, prometió a los catalanistas un Estatuto a cambio de su apoyo a la República, y el PSOE lo votó en 1932. En democracia, González les pagó en 1993 con el 15 por ciento del IRPF, Zapatero en 2006 con otro Estatuto y Sánchez en 2024 con la amnistía; cada generación ha pagado más caro el mismo voto. La escalada es hereditaria: cada una recibió de la anterior las instituciones y la alianza, y las usó con menos reparo.
Con la escuela, la misma herencia: la LOGSE de 1990, la LOE de 2006 y la LOMLOE de 2020 son una sola ley con tres firmas. Lo que produce lo mide PISA, cuyos resultados del martes son los peores de nuestra serie: 451 en lectura y 457 en matemáticas, por debajo del promedio de la OCDE en las tres materias y, en ciencias, con un empeoramiento que el propio Ministerio admite «más acusado en España».
La derecha, con dos mayorías absolutas, dejó intactas las leyes de 1985 y la escuela de la LOGSE, dobló en 1996 la cesión del IRPF a los socios de González, y las piezas del bienestar estatal, del impuesto sobre la renta de 1978 al Insalud y al Inem, las había montado la UCD. En lo fundamental, el sanchismo es el hijo favorito del consenso, no el bastardo de un partido. Hayek dedicó su libro más leído a los socialistas de todos los partidos, y aquí el ruido se concentra en los gestos mientras que el fondo se rige por un consenso tácito.
Redondo describe con precisión el resultado: «el Estado del bienestar se convierte en una especie de ONG universal que subsidia todo, fomentando la dependencia de los ciudadanos y la irresponsabilidad social». Su diagnóstico es el de Lindbeck; solo cambia la causa. Donde él ve una desviación progresista hay una fase previsible: el Estado del bienestar consume las normas de responsabilidad que hereda y, cuando se agota el margen fiscal, la redistribución migra de lo material a lo simbólico y a los derechos que se pagan con contratos ajenos, como salarios y alquileres intervenidos. Ese desplazamiento es lo que él llama progresismo posmoderno.
El bienestar que «compromete a todos los ciudadanos, fomentando la responsabilidad individual y colectiva» existió mientras hubo normas que consumir, y las consumió: es la primera generación del proceso cuya tercera generación él lamenta.
El decálogo de la asociación pide recuperar «el espíritu de consenso de la Transición» y garantizar la vivienda y la transición energética «como derechos efectivos». Buscan el socialismo bueno en el pasado y niegan que de aquel pasado vengan los problemas de hoy, desde la fusión de poderes hasta la escuela, ya peor que inútil.
La enmienda sigue disponible, pero obliga a cada familia política a cargar con sus defectos genéticos y con su historia clínica: un diagnóstico riguroso fecha el inicio de la enfermedad mucho antes del último síntoma. Que este pueda ser letal no exime de identificar las causas; si nos limitamos a tratarlo, solo aseguramos que la enfermedad se reproduzca en forma agravada.